jueves, 17 de agosto de 2017

UNA AGRADABLE COMIDA EN EL XIRINGUITO DE LA PLAYA DE SANT JORDI DONDE ES RECOMENDABLE NO IR A COMER PARA QUEDARSE SIN COMER.



En la era cuaternaria ( o por ahí, más o menos), hubo esos movimientos geofísicos, que una vez asentados dejaron un paradisíaco lugar. Después del Homo sapiens, pasaron los íberos, celtas, griegos, romanos, moros, y  franceses, que pese a las broncas que mediaron incrementó su belleza con la construcción, después destrucción y más tarde rehabilitación, de una pequeña fortaleza; el castillo de Sant Jordi. 

Posteriormente llegó una nueva invasión: el turismo con su variedad dominguera. Buena gente en general en un playero ambiente donde parecen encontrarse a gusto por la cara de placer que muestran adentrándose en el agua (puede que por refrescarse o liberar un apretón).

La Cruz Roja con el progreso llegó. También alquiladores de toboganes flotantes o bicicletas náuticas, y para la jornada acomodar duchas y WC,  como el quiosco, bar, o chiringuito que tampoco faltó, de los pocos autorizados (manda güiwols), que lamentablemente caen en manos de raros personajes. 

Así evolucionando fue, y pese a las diferentes invasiones, sin perder su peculiar belleza, con modernismo , a nuestros días llegó, salvo ese chiringuito que del siglo de oro parece resucitó, no por su riqueza artística,  literaria,  culinaria, empatía o buen ambiente de esa época, sino por recordar a la venta que frecuentó El Caballero de la Triste Figura, donde abundaban las sorpresas, encantamientos, licenciados, curas, hidalgos, pícaros, truhanes,  y otras muchas cosas dignas de saberse, casi todas con humor, y en el caso que nos ocupa de no entenderse, y como si se tratara de un suceso, allí acaecido del S. XVI, a continuación relatamos como mejor podemos  para poner en aviso a quienes con buena intención allí acudieren. 



CAPITULO MMXVII DEL LIBRO DE LAS DESDICHAS 
  
Donde se narra los acontecimientos de tres amigos que en busca de cuchipanda, sin saber el porqué, casi salen cuchileados. 

Acercáronse en ocasión a un paradisiaco lugar, con motivo que no viene al caso, tres amigos: el más pequeño, espabilado niño de cinco años, acompañado por su padre, joven de origen teutón que habiendo conocido en otras andaduras el lugar le hizo ilusión aprovechar su asueto para con su hijo disfrutar de ese bello paraje; y el último de los tres, tan solo por su edad, que es deseo alargue lo posible la Providencia, un respetable caminante que hacía en la ocasión de acompañante. 

En tan pintoresco refugio de la mar, hallábase un extraño mesón diferente al de otros lares, y en aquellas tierras conocido como xiringuito. Pidieron para comer, pero la que creíamos hija del mesonero respondió en esa ocasión amablemente que hasta pasada una hora del medio día no se servía vianda, pero sí bebida. Por ello acordaron tomar unas jarras, y a continuación padre e hijo refrescarse dándose un baño en esa costa mediterránea. Mientras, el anciano esperó a la sombra de la techumbre pasando el rato leyendo, no libros de caballerías, sino especie de panfletos de grandes hojas difícil de doblar con la brisa marina, donde los escribanos son portavoces del señor de esas haciendas llamadas "periódicos".  

Al acercarse la hora de la vianda señalada por los amos del lugar, se dirigió a la que parecía ser la hija del mesonero que anteriormente había anunciado el horario como parte del reglamento que en derecho tenían establecido. 

     -  Joven, por favor, ¿puede tomar nota de los platos? 
   - Hasta cinco cuartos de hora pasadas las doce no aceptamos encargos, - respondió ella -. 

Extrañado, sin importancia darle al retraso, pensó el paciente hombre que quizá por una caprichosa nube el reloj de sol se habría retrasado, y  a su amigo recomendó que alargara un poco más el rato de ocio.
  
Puntualmente, a la segunda hora indicada, se presentó otro servidor del xiringuito, que resultó ser el padre de la anunciadora: 

      - ¿Qué va a comer? , - preguntó de una manera un tanto imperativa -. 
    - Espere un momento, por favor,  a que vengan mis amigos, - pidió el viajero -.

Subido de tono, y no de una forma considerada, mejor decir de no buenas maneras, y fuera de lugar, al transeúnte que había aguardado pacientemente, le conminó. 

      - ¡ Aquí se viene a comer y no pueden retrasarse!. 
     - Oiga, - dijo entonces el increpado -, he pedido a la primera hora indicada que tomaran nota. La contestación ha sido que esperara, y ahora Vd. me exige lo contrario. Tan solo le pido por favor que espere un poco  a que lleguen mis amigos.

El empleado marchó, no de muy buen humor, cosa normal para personas que del trabajo hacen calvario, pues mala sangre crea quien trabaja en el buen oficio de servir, y considera que él es quien debería ser sercvido, y aquel en lugar de camarero considerase un hidalgo  que da de comer al necesitado olvidando las monedas que percibe por la altruista manera que él cree proceder.

Aquel hombre, en este caso el cliente que así denominaremos a continuación, acostumbró durante su ya larga existencia a recorrer pueblos y villas de toda la hispana geografía, y también de extranjeros países, donde harto ha sido de comidas de viaje, banquetes y cuchipandas, y apercibido del ambiente que no gustaba, pensó lo más acertado: levantarse y “tomar las de Villadiego”, pero no gustaba tal proceder por consideración al niño de cinco años, que culpa no tenía, y también a su padre ajeno al incidente, y “ojos que no ven…”. En ese instante de duda se acercó el amigo y comunicó sus apetencias, y lo que al niño convenía; así fraguó la mala decisión de participar sin querer en el sainete que se avecinaba. 

Mientras todo esto sucedía, vecinos del lugar y caravanas de gentes de raras costumbres y diversos países en abundancia habían acudido. Extrañas personas de variadas teces: blancos, negros, aceitunados, predominando el rojo langosta, y con escasa indumentaria: varones con raros calzones, algunos muy ajustados que a las damas hacía desviar la vista; recíprocamente ellos por la exigua vestimenta, que apetecía no ciertamente contemplar por sus adornos, bordados, sedas o estampados… Así en brevedad se llenó el refectorio, que hizo comprender al cliente las prisas por dar de comer y doblar los comensales con las pequeñas mesas que disponían. 

Procedió en consecuencia a encargar la vianda, que fue agrado del  cantinero, y tornó con una copa de cerveza invitación de la casa para olvidar el incidente. La disculpa fue bien recibida porque siempre es de agradar lo que bien pudiera ser el propósito de reconducir un  entuerto, aunque no se aceptó la bebida por no apetecer, y en el fondo no ser de buen agrado, por lo que en la mesa se quedó.

Así, una vez ocupados los lugares, comenzaron a servir parte de la vianda encargada: dos raciones de sardinas, bien presentadas en formación oblicua de a dos adornada con escarola para disimular el tamaño (más cerca de sardinillas), servida en pizarra rectangular de buen tamaño; una cazuela de mejillones sobre un plato; una cumplida ración de papas bravas (con salsa bicolor); bebida parecida a zarzaparrilla y vino. Todo ello rápidamente depositándose fue en una mesa de reducidas dimensiones, más tres platos, vasos, cerveza que estaba sin retirar, y cubiertos, con las servilletas bajo el plato para no ocupar espacio inexistente, salvo la jarra de vino que por razón obligada tuvo que dejarse sobre el suelo.

Ya acomodados, el comer iban a iniciar cuando se presentó la camarera con el segundo plato, y sosteniéndolo como si suspendido sobre los comensales esperara a que el más atrevido con clarividencia imposible dónde ubicarlo lo cogiera, el viajero cometió la insensatez, y osadía de decirle: 
   
       - Si no le importa, espere un poco para servirlo, por favor. 
       - ¿Y dónde lo dejo?, respondió. 
       -  No lo sé, pero al tratarse de un plato frío en la misma cocina. 
       - Yo no respondo de lo que pase con el plato ¡?¿! - contestó mal humorada     sin moverse-. 
       - Pero, ¿qué quiere que hagamos con el plato, si no cabe en la mesa?, – indicó el viajero -.

¡Horror! Posible es que mesa o plato fuera la cabalística palabra que produjo los encantamientos del mago Frestón sobre ella, porque como si de negros nubarrones el cielo se cubriera, oímos como aquilones bramar, dirigiendo de manera desafiante el índice de su diestra mano hacia la salida: 

        - ¡Oiga! ¡Yo soy una empleada y no estoy aquí para que me falten el respeto ! Si no están a gusto, ya pueden largarse…! 
       - Joven, no entiendo nada de lo que está ocurriendo, pero deje el plato donde quiera, y seguiremos aquí comiendo por  el niño, - respondió atónito,  y sin alzar la voz el viajero-. 

Cabe recomendación hacer: no discutir con mesonero antes de traer la cuenta, ya que en la cocina preparando lo que haya de servir uno queda ciego y expuesto su paladar… Por ello recomendable es que si llegando a una venta, y en lugar de empatía se encuentra antipatía, como es el caso, por el dueño o sirviente del mesón, mejor es lo posible hacer  comprar hogaza, tocino, y con buena jarra de vino bajo un pino disfrutar.  Motivos suficientes para no esperar el regreso del plato por servir; cosa que importancia no tiene por acabar la fiesta en paz.

Sin finalizar el segundo acto de la comedia,  apareció a la diestra del viajero un brazo, que al completo de tatuajes continuaba vestimenta a rayas que culminaba tocado con un raro, también a rayas, especie de gorro a la usanza de trovador. Por la hediondez de ascuas, sardinas, y quien anda entre pucheros, sin lugar a dudas, era el cocinero, y por la manera de actuar tratábase del propietario, del que en principio, por lógica, se esperaba una disculpa, pero no, al contrario, espetó: 

         - No permito que traten mal a mis empleados, ¿cuál es su problema?. 
      - No, el problema es de Vds., nosotros solo queremos finalizar la comida tranquilos. 

Por parte de los compañeros de viaje, al contrario del equipo mesonero,  se evitó alzar la voz para procurar mantener al niño ajeno al bucanero ambiente del lugar, que arreció al acercarse el  otro sirviente del local, padre de la “ofendida” muchacha, tal que si el de la vestimenta le hubiera gritado: “a mí el tercio”, y aquel, por costumbre de los de Flandes como si excombatiente de la batalla de Bicocca fuera, de manera más servil que servicial, respondiendo a la inexistente llamada, presto se acercó, como si para amedrentar a las víctimas del entuerto quisiera, y al que en esa actuación hacía de alférez  le susurró:

        - ¿Algún problema, Jefe? 
        - No, no pasa nada, - le respondió-. 

Ya en el tercer acto, el niño tomando un helado envuelto (sin peligro), y su padre finalizando la comida, se acerca el veterano de los tercios y vuelve a preguntar, al mayor de los sufridos comensales, como queriendo arreglar el oprobio: 

       - ¿Qué ha ocurrido? 
      -  Ante todo, innecesario es hablar fuerte, y mejor se entienden las personas sin alzar la voz como acostumbran Vds., y Vd. sabrá lo ocurrido, porque yo solo sé que este dislate me ha fastidiado la comida. Nada más, - respondió el viajero -
                         
Y así,  casi finalizó el sainete.


Ahora, llega el desenlace en el siglo XXI, que por la formación acostumbrada del personal de hostelería, o el adiestramiento del propietario del establecimiento en ausencia de aquella, no acostumbran a recibir tal trato los clientes.

Una vez finalizada la comida el niño, que por suerte no se percató de casi nada, se pidió la cuenta.  La trajeron y dijeron que no habían cobrado el sushi (encabronado  plato, culpable pasivo  de la sinrazón y desatino del propietario, el camarero, y de la hija). Mientras llegaba la nota se consideró que lo más acertado, para evitar a todos  tener que soportar todo el rollo de la hoja de reclamaciones y cumplimentarla mediando posibles discusiones, sería más conveniente escribir  con tranquilidad al organismo correspondiente exponiendo la justa queja. 

Como quiera que intentaban cobrar con un ticket de caja donde constaba solo platos, e indicando el importe total verbalmente,  antes de pagar fue reclamada una factura detallada que indicara nombre, dirección y NIF del establecimiento. Marchó deprisa el camarero, y casi menos tardó en regresar el propietario con la nota en la mano, y  un asombroso  repentino cambio de personalidad. Como si se hubiera mutado en lo que debería ser, amable hostelero, dijo que lamentaba lo sucedido recordando, para congraciarse,  que no había incluido el (maldito), sushi. Como no procedía agradecer favor alguno no se aceptó la atención, abonando el plato en forma de propina, y reservar el derecho a corresponder como merecían por el desagradable trato recibido. Se despidió, el que, sí no propietario, actuaba como jefe, basando sus disculpas en falsas justificaciones. Me gustaría, en ocasiones, ser psicólogo, o más bien antropólogo para  satisfacer mi curiosidad por comprender los motivos del absurdo proceder de las raras especies que cohabitan con nosotros.  ¿A qué se debería ese cambio? Se admiten opiniones...

A pesar de los años, no existe en el recuerdo suceso  igual, y solo compensa lo bien que se lo pasó el amiguito ajeno a las groserías de unos pésimos profesionales que mal regentan un  merendero en un privilegiado lugar...






  

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